Aterricé del naufragio de mi vida
entre restos de mojadas alegrías
separados de su propio color
hay fragmentos de sueños
lavados con sal.
Para besar el ardiente suelo del infierno
con estos labios secos, ya quemados
que probaron lagrimas de hembra,
que se humedecieron de flujo lubricante.
Ni angeles ni demonios, ausencias,
sin sexo ni cerebro,
reviso la lista de las cosas
que nunca existieron
para cotejar lo que es real.
Ahí están el bien y el mal
en su pureza,
en su propia mentira
sin perversión ni pasión,
son el alimento del miedo
que crece y se hace traición.
Lo que quema la piel, cala los huesos
pero ahí el corazón, no se menciona;
el deseo es fugaz como una estrella rota
que se pierde arriba en el horizonte.
Menos lugar que la muerte, tiene el dolor
que nace dentro y ahí termina;
una franja de silencio y mueca fría
ésa es la frontera de las risas.