miércoles, 5 de febrero de 2014

Pintaban, donde nadie jamás está.

Pintaban las paredes sus palabras,
con esas manos sin par ni ternura
contaban el ensueño y la memoria
por un recuerdo que perdura
paseos, entre rosas y jazmines
críos inocentes, almas perdidas
así esperaban que el sol ilumine.

Un hijo de piedra que rueda
por cinco minutos decimos algo
así golpe tras golpe, pasamos
al ayer, en el miedo y su tiempo
a pesar de los labios, está la muerte,
esperando en la herida,
sin saber que hacer en el aire
falta cielo que se le entregue.

Un estado sentimental,
arroja los oídos afuera
donde los extraños están de fiesta
con tambores y voces oscuras
melodia que rompe corazones
y hiere la luz.

Parece que al final una canción respira
y cuanto deseo es que estés aquí
con todo lo que hace falta
por conocer. Y tanta gente,
para que nadie comprenda
que el sol muere cada tarde
y quita un pedazo de vida
donde nadie jamás está.