Ciudad de México, Septiembre 27, 2010
Mi querida señora Pec:Nos conocemos hace ya, fue en el noventa y cuatro, cuando usted y su hermana gemela llegaron a mi pequeña casa en San Jerónimo, pueblo absorbido por ésta ciudad, curtidos por las perdidas y los desencantos, hemos pagado el precio de la vida: «la experiencia»; ¿como sería posible olvidar?, tantas fueron las noches en las que nos acompañamos por la luna, su voz aguda y el atún enlatado, la desaparición, la muerte, los pequeños, la navidad, la despedida; en mi memoria usted ha sido testigo de mi vida, la palabra familia se acuña con su imagen como marco, juntos vimos crecer a los pequeños, enterramos amigos y sueños, construimos la casa; y ésta se fue... el reencuentro, ha traído consigo fantasmas o los ha expuesto, porque ya estaban aquí: adentro; convivir, más bailar con los fantasmas de la propia vida, cuando se esta con quien los ha visto en la carne, reconforta; la compañía, lo cotidiano, en alguna forma casi obligada, atrae el futuro, lo despierta de ese sueño inhóspito de la incertidumbre de solo ser, o estar... ¿Acaso hay desigualdad en la amistad entre dos seres vivos que se conocen, mañas y rutinas? ¿Como dudar que sale el sol y se oculta? La compañía en verdad hace la diferencia entre comer ...¿Que? y ...¿Con? donde el segundo le da sentido al tiempo, mientras el primero por si solo no tiene sentido alguno.
La veo posando, en su cotidiana pose siames, como haciendo ejercicios en thai-chi: ahora la cabeza, el cuello, voltear, la mirada fija un el infinito... y celebro que exista.
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